Durante gran parte del siglo XX, la letra cursiva formó parte fundamental del aprendizaje escolar en México, convirtiéndose en un elemento cotidiano dentro de las aulas y en una herramienta clave para el desarrollo de habilidades motrices y de concentración en la educación básica.
CIUDAD DE MÉXICO.-
Antes de la expansión de la era digital, la letra cursiva era el estilo de escritura predominante en las escuelas mexicanas. Desde los primeros años de primaria, niñas y niños aprendían a trazar cada letra con precisión, siguiendo reglas específicas de inclinación, enlace y continuidad. Escribir a mano no solo era una actividad académica, sino un ejercicio de disciplina que requería práctica constante.
El aprendizaje comenzaba con cuadernos especiales de caligrafía que incluían renglones marcados, líneas punteadas y letras guía. Los estudiantes debían repasar los trazos una y otra vez hasta dominar la forma correcta de cada carácter. Primero se seguía el modelo, después se imitaba y, finalmente, se escribía de manera independiente. Las llamadas “planas”, que consistían en repetir letras o palabras completas a lo largo de la hoja, eran una práctica habitual dentro y fuera del salón de clases.
La transición de letra de molde a letra cursiva representaba para muchos alumnos un avance significativo en su formación académica. Era vista como una señal de progreso y mayor responsabilidad. Dominar la cursiva implicaba coordinación entre la vista, la mano y el brazo, así como control en la presión del lápiz y fluidez en el movimiento. No se trataba únicamente de escribir rápido, sino de hacerlo con uniformidad y legibilidad.

Durante décadas, la enseñanza de la letra cursiva estuvo influida por métodos estructurados que buscaban una escritura continua y ordenada. Uno de los sistemas más conocidos fue el método Palmer, desarrollado a finales del siglo XIX y difundido en distintos países durante el siglo XX. Aunque en México no siempre se mencionaba por su nombre, sus principios estuvieron presentes en numerosos materiales escolares: letras inclinadas, trazos ligados y el énfasis en no levantar el lápiz del papel.
La enseñanza de este tipo de escritura también estaba asociada a valores como el orden y la limpieza. En muchos planteles, la presentación de los trabajos escolares era evaluada no solo por su contenido, sino por la calidad de la letra. Márgenes rectos, tamaño uniforme y separación adecuada entre palabras eran aspectos que los docentes revisaban con atención. Una caligrafía clara era considerada reflejo de dedicación y cuidado.
La práctica constante fortalecía la motricidad fina y la concentración. Especialistas en educación han señalado que el acto de escribir a mano activa procesos cognitivos vinculados con la memoria y la comprensión. En ese contexto, la letra cursiva era vista como una herramienta que contribuía al desarrollo integral del estudiante.
Sin embargo, hacia finales del siglo XX y principios del XXI, los enfoques educativos comenzaron a transformarse. El avance de las tecnologías digitales, el uso creciente de computadoras y dispositivos electrónicos, así como la priorización de habilidades funcionales de escritura, redujeron gradualmente el tiempo dedicado a la enseñanza formal de la cursiva en varias escuelas del país.
En muchos casos, la letra script o de molde ganó terreno por considerarse más sencilla y clara para el aprendizaje inicial. Además, el uso del teclado comenzó a formar parte del entorno educativo. Como resultado, la letra cursiva dejó de ocupar el lugar central que tuvo durante décadas.
Este cambio ha generado reflexiones sobre los posibles efectos de abandonar la enseñanza sistemática de la cursiva. Algunos especialistas sostienen que su práctica favorece la coordinación motriz y la capacidad de atención sostenida, mientras que otros consideran que la prioridad debe centrarse en la comprensión lectora y la comunicación escrita en cualquier formato.
Más allá del debate pedagógico, la letra cursiva permanece en la memoria colectiva de distintas generaciones. Para quienes cursaron la primaria en el siglo pasado, los cuadernos de caligrafía y las largas sesiones de práctica representan una etapa significativa de su formación escolar. La experiencia de aprender a unir letras con fluidez forma parte de un modelo educativo que entendía la escritura como una destreza que debía perfeccionarse con paciencia y constancia.
En la actualidad, aunque su enseñanza ya no es uniforme en todo el país, la letra cursiva continúa presente en algunos planteles y en iniciativas que buscan rescatar la escritura manual como parte del desarrollo académico. Su permanencia en la historia educativa de México refleja una etapa en la que el acto de escribir a mano ocupaba un lugar central en la vida cotidiana y escolar.

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